martes, 15 de abril de 2014

maracuyá

Cenamos en casa, en penumbras y casi en silencio. Bebemos vino tinto con hielo -porque a vos te gusta ese pecado etílico- y hablamos del clima durante la entrada, el plato principal y el postre. Recibo tus críticas por el aromatizador -fragancia maracuyá- que instalé en el pasillo. Nos miramos lo suficiente, yo pregunto sobre tu día en las salas de espera y vos me respondés con preguntas sobre programas televisivos que dan en canales de cable y que no vi porque no me interesan.
Estar juntos es un poco ser vecinos viajando siempre en un ascensor entrechísimo, hacinados pero con distancia, prudentes para el roce y tímidos en el goce; dos granaderos maricas en una caja metálica, rectangular y helada, enhebrados por un romanticismo esterilizado, bautizados en un noviazgo de enfermos terminales en un geriátrico de Mataderos. Me mirás mucho porque de otra forma deberías hablar y eso te incomoda. Cada cinco minutos te fijás qué hora es y estoy seguro de que no se te hace tarde en ningún otro lugar. Contestás con monosílabos y evadís las preguntas que te comprometen. Aún así -o quizá por eso-, me interesa que estés acá, incluso callada, con tu sonrisa de diseño y la expresión de ya haberlo vivido todo varias veces. No sé qué te acerca a estas cenas monótonas, de brindis sin propósito y servilletas de papel. Pienso en eso cada vez que comenzamos a hablar del clima: para qué venís. Ni siquiera te agradan los gustos de helado que yo elijo. Mientras comentás algo acerca de una serie espectacular que dan en HBO, hiper super mega recomendada, yo solo fantaseo con la idea repetida de que pidas permiso para ir al baño y vuelvas desnuda a sentarte sobre mi falda.-
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(imagen extraída de aquí)

jueves, 27 de febrero de 2014

detergente

Ni siestas maratónicas ni sobremesas interminables: los domingos fueron pensados para bañarse durante horas, enjuagar una y otra vez con suavidad publicitaria los recónditos laberintos del cuerpo, esas zonas que durante las duchas diarias -rápidas y brevísimas, de lunes a viernes, más por obligación social que por placer- permanecen vedadas al romántico encuentro del jabón blanco y el agua. Llega el domingo y no hay depresión. Hay malos programas televisivos, diarios insoportables y hermanas que llaman por teléfono para recordar compromisos familiares en mitad de semana. Los domingos solo hay ansiedad: al principio es helada, luego se pone tibia y culmina en la temperatura exacta. Cerrar los ojos bajo el agua, quedarse así durante unos segundos y abrirlos con violencia para ver estrellitas. Y no hay nadie. Los domingos uno se baña solo, que es la única forma de bañarse que tiene el ser humano.
Por algún capricho higiénico-sexual, hay gente fanática de bañarse en pareja. Bañarse es un decir: solo en las películas de Hollywood un dúo prolijo y bien maquillado logra estar a gusto en la ducha, compartir el shampoo y disfrutar de esa intimidad que incluye risitas cómplices y caricias guionadas. En ningún film la protagonista pide la crema de enjuague o rasca el vello que se adhiere al jabón. La realidad es incómoda y sin erotismo. No hay forma de que dos personas adultas y de proporciones normales no se estorben en una misma bañera. Se piden permiso sin permiso, se dan paso metiendo panza o haciendo puntas de pie, acomodando el cuerpo hacia un lado para ganar microespacios en donde maniobrar, pero golpean sin remedio sus extremidades y se friccionan con torpeza. En teoría, el plan es perfecto: binomio concubino maduro accede a compartir un momento de distensión y aseo. Magnífico. Lo cierto es que al salir del agua, nadie está (bien) enjuagado o uno de los dos permanece un tiempo más bajo la ducha y luego ese alguien debe quedarse a secar el piso -el ineludible destino del último-, que por mayor cuidado que se tenga, termina mojado. El baño colectivo resulta siempre una trampa detergente.-
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imagen extraída de aquí.-

jueves, 20 de febrero de 2014

SUBE

Voy a taparte con cualquier cosa que sea suave: una manta de hilo egipcio, una almohada de fuego u otra mujer semidesnuda con afición a la crema humectante. Recuerdo esos abrazos de aloe vera traicionero, pegajosas demostraciones de cariño perfumado y cruel. Tus mínimos abrazos lograban taparme -no sé cómo: fueron un improbable desafío a la física de diciembre- y por eso creo que hoy merecés que sea yo el que te cubra. Parece justo, y bien sabemos que soy respetuoso de las obligaciones sociales. Solo nos convoca el check out final: tenencia compartida de alguna mascota con demencia senil, repartición de vajilla comprada a medias en algún viaje a Claromecó, cumpleaños de amigos homosexuales en común. El resto ya fue tapado con otras cosas inservibles. En las mudanzas se envuelven los muebles y hasta los libros. A los caídos en cumplimiento del deber se los guarda bajo una bolsa de nylon negro. Elijo taparte por última vez porque sé que el invierno ya cargó la SUBE.-
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imagen extraída de aquí.-

martes, 4 de febrero de 2014

cilindro

Querías afecto granadero: silencioso y bien afeitado, tímido para el romanticismo, osco y de movimientos en espasmo azul marino. Un camino de seducción sin sorpresas, con invitaciones obvias en ratos libres durante un fin de semana y tu cuerpo sobre mi camiseta blanca de algodón con elásticos vencidos. Sexo rústico, animal, con tonada de frontera dudosa y prontuario reservado. Penetraciones exactas en destinos periféricos y jamás imaginados: escaleras de lugares ilustres, el marco de alguna puerta emblemática o de apuro en un baño público. Acariciar el sombrero en cilindro, sentir en tu boca el metal de las medallas siempre decorativas, desnuda haciendo equilibrio en puntas de pie sobre mis botas de cuero recién lustrado. Te cansaste del contacto cosmopolita y me pedías un cariño ajeno, un poco bruto, formal y distante. Un sexo pueril, de origen humilde y sin nombre.-
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imagen extraída de aquí.-

lunes, 13 de enero de 2014

esteñas

Fueron 335 días de pensar en una misma imagen. 335 días -que son 8.040 horas o 482.400 minutos y así sucesivamente- es mucho -demasiado- tiempo para (re)pensar en un recuerdo que no dura más de tres segundos: los pies hundidos en la arena, la última ola de la tarde me baña los tobillos y escucho explotar las burbujas de la espuma del mar. Como cada año, procuré no morir antes de revivir esa imagen. En esos 335 días de transición hacia la postal deseada, estreché manos tibias de médicos fríos en salas de espera. Besé desconocidos en salas velatorias, dije lo siento mucho a personas que realmente sentían mucho la pérdida, tomé vasitos de café vomitivo que ofrecen de compromiso en esa clase de reuniones finales. Me peleé en el ingreso a un cine, sufrí una descompensación frente a la gerente un banco céntrico, pagué facturas y alimentos no perecederos y cargué nafta y tuve relaciones sexuales en la ducha de un albergue transitorio y me quedé dormido contra la ventanilla de un tren y nunca dejé de pensar en el instante místico vacacional, ese puñado de segundos en los que mis pies sentirían el agua helada del mar. De cara a la inoperancia de las adolescentes cordobesas del call center, la desidia esgrimida por los empleados en la mesa de entradas de cualquier juzgado y la soberbia de los amigos con dolarizadas aspiraciones esteñas, sobreviví gracias a la violencia muda del mar en mis pies. Llegué otra vez a la playa. El mar no envejece y no tiene tiempo pero yo sí, aunque ahora no lo note. Pensé tantos días en estos segundos que hasta me veo casi en la obligación de decir algo, agradecer, rezar, llorar como un imbécil mientras a mis espaldas se vuela una sombrilla color verde y blanca. Acá estamos: los pies hundidos en la arena y la última ola de la tarde. Ya casi olvidaba cómo es el instante posterior al deseo.-
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imagen de NNN.-

jueves, 26 de diciembre de 2013

Clooney


Me preguntan cómo estás y digo que sos madre: una criaturita diabólica ocupa el cien por ciento de tu capacidad intelectual, emocional y social. Ningún hombre adulto y con aires de George Clooney pendenciero había logrado siquiera retenerte durante una noche en su departamento con vista al corazón cocainómano de un Puerto Madero encendido para vos. Ahora, un mocoso que aún no cumplió ni tres años y se despeina mientras come polenta con la mano, te obliga a retroceder veinte mil casilleros en tu absurda maratón por conservar la impronta de mujer cool y juvenil. Nadie podría haber adivinado tu destino contradictorio, sometido, resignado. Sos solo una mamá y todo el tiempo sos eso. Ya no hay trucos en tu retórica desafiante. No existe nada más allá de tu irreverencia primeriza. Las fotos que subís al Facebook confirman que por estos días, el mundo es un sitio peor para todos. Más allá del terrorismo y la pobreza extrema, el universo es un lugar hostil desde que un imbécil enciclopedista como tu marido logró quedarse con una de las mentes más punzantes de mi círculo de confianza. No puedo más que sonreirle a la injusticia corrosiva. Por gente como vos, Obama es premio Nobel de la Paz y son best seller los libros de autoayuda de referentes africanos que en su puta vida van a enterarse de que soy yo quien debería estar firmando el cuaderno de comunicaciones de tu pibe.-
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imagen extraída de aquí.-

lunes, 18 de noviembre de 2013

conventillos

Había otra forma de hacerlo pero implicaba menos barro, cosa que en algún punto puede ser más elegante pero nunca será ni tan interesante ni tan divertido. Son lindas las columnas marmoladas, el piso en roble de eslavonia y los plumones Montblanc, pero más nos gusta el barro porque allí pertenecemos y de eso estamos hechos. El barro como punto de partida. El barro que es genuino porque es barro y no pretende ser crema. El barro: ni lodo ni fango, el tango habla del barro. Los pobres tienen hambre y calles de barro. Los peones andan con barro entre los dedos. En las ventanas de los conventillos del Centro se junta barro. Liniers -el barrio que nos enseñó el barro- tiene un barro que nos reconoce. El barro nos permite ser felices sin sentir culpa, caminar con la sangre dulce, abrazar con verdad. Me gusta el barro porque prefiero los pies en la tierra y tener una buena razón para no usar gemelos.-
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foto de NNN.-