
Catorce pasos me separan
del lugar en el que Laura lava los platos. Cabe aclarar que los
catorce pasos que me separan de Laura -que está en la cocina y lleva
puesto un delantal que cubre su camisa y la falda con la que fue a
trabajar-, son catorce pasos míos, es decir, unos veintidós de
ella. Hundido en el sillón del living, levanto los ojos por encima
del diario de hoy para verle la espalda: se le transluce la ropa
interior negra. Entre ella y yo debe haber una distancia cercana a
cinco sillones como este, en el que permanezco sentado, mientras
Laura prende fuego las cortinas luego de pretender hacerme “el
panqueque más rico del mundo”. Es que te gustan tanto, hoy te
hago, nunca cocino panqueques pero hoy te hago, me van a salir
divinos, vas a ver, insistió
Laura hace veintitrés minutos. Ahora está inmóvil frente al fuego:
sostiene un balde lleno de agua y le tiemblan las piernas. Las llamas
llegan al techo y pintan de negro el cielo raso que aún no
terminamos de pagar. Calor. Me saco los zapatos con los pies. Laura
observa cómo el fuego gana el barral de madera que sostiene las
cortinas y algunos cuadros que ella misma decidió ubicar en las
paredes de la cocina. Sin dejar de darme la espalda, vierte en el
suelo el agua del balde. Laura, ¿Vos prendiste la
calefacción? Le pregunto y ella
dice que ya la apaga, que estas noches estuvo haciendo mucho frío,
que no quiere que discutamos otra vez por la frazada.
Si
tuviésemos un perro -un perro chico, de esos que la gente de Palermo
suele comprar en veterinarias especializadas para no sentirse tan
sola en su departamento con muebles de diseño- calculo que cerca de
diez perritos y medio me separarían ahora mismo de Laura. El perro
debería ser blanco y lampiño: si fuese como esos animales de felpa,
carismáticos y de pelaje largo y ondulado, en este instante sería
una antorcha en el medio de nuestra cocina. Ya salen los
panqueques, explica Laura sin
dejar de darme la espalda. Transpira: lo sé porque le brilla la
nuca. Leo los chistes del diario, las cartas de lectores -alguien se
queja de una publicación con faltas de ortografía- y el pronóstico
extendido. Laura, no sabés lo que dice el horóscopo de
esta semana para los de Géminis, cuando lo veas no lo vas a poder
creer. Revientan los vidrios de
las ventanas y las llamas alcanzan la alfombra del living. Un humo
negro llena de a poco todos los ambientes de la casa, sube por la
escalera, rodea el piano y mis libros. Desde la cocina, Laura ríe y
tose mientras camina hacia el living: apenas puedo verla saltar para
no quemarse con el fuego de la alfombra. De pie frente a mí, lleva
sus anteojos empañados y una sonrisa por la que escapan mínimos
dientes blancos. Antes de sentarse en mi falda -el fuego trepa por
mis medias y hace contacto con el papel del diario que aún intento
leer casi a oscuras-, me besa en el cuello. ¿Sabés qué,
Laura? Si no fuese por
el piso alfombrado, quizá podríamos comprar un perro.-
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obra de Jim Schaeffing, extraída de aquí.-