lunes, 24 de junio de 2013

panqueques

Catorce pasos me separan del lugar en el que Laura lava los platos. Cabe aclarar que los catorce pasos que me separan de Laura -que está en la cocina y lleva puesto un delantal que cubre su camisa y la falda con la que fue a trabajar-, son catorce pasos míos, es decir, unos veintidós de ella. Hundido en el sillón del living, levanto los ojos por encima del diario de hoy para verle la espalda: se le transluce la ropa interior negra. Entre ella y yo debe haber una distancia cercana a cinco sillones como este, en el que permanezco sentado, mientras Laura prende fuego las cortinas luego de pretender hacerme “el panqueque más rico del mundo”. Es que te gustan tanto, hoy te hago, nunca cocino panqueques pero hoy te hago, me van a salir divinos, vas a ver, insistió Laura hace veintitrés minutos. Ahora está inmóvil frente al fuego: sostiene un balde lleno de agua y le tiemblan las piernas. Las llamas llegan al techo y pintan de negro el cielo raso que aún no terminamos de pagar. Calor. Me saco los zapatos con los pies. Laura observa cómo el fuego gana el barral de madera que sostiene las cortinas y algunos cuadros que ella misma decidió ubicar en las paredes de la cocina. Sin dejar de darme la espalda, vierte en el suelo el agua del balde. Laura, ¿Vos prendiste la calefacción? Le pregunto y ella dice que ya la apaga, que estas noches estuvo haciendo mucho frío, que no quiere que discutamos otra vez por la frazada.
Si tuviésemos un perro -un perro chico, de esos que la gente de Palermo suele comprar en veterinarias especializadas para no sentirse tan sola en su departamento con muebles de diseño- calculo que cerca de diez perritos y medio me separarían ahora mismo de Laura. El perro debería ser blanco y lampiño: si fuese como esos animales de felpa, carismáticos y de pelaje largo y ondulado, en este instante sería una antorcha en el medio de nuestra cocina. Ya salen los panqueques, explica Laura sin dejar de darme la espalda. Transpira: lo sé porque le brilla la nuca. Leo los chistes del diario, las cartas de lectores -alguien se queja de una publicación con faltas de ortografía- y el pronóstico extendido. Laura, no sabés lo que dice el horóscopo de esta semana para los de Géminis, cuando lo veas no lo vas a poder creer. Revientan los vidrios de las ventanas y las llamas alcanzan la alfombra del living. Un humo negro llena de a poco todos los ambientes de la casa, sube por la escalera, rodea el piano y mis libros. Desde la cocina, Laura ríe y tose mientras camina hacia el living: apenas puedo verla saltar para no quemarse con el fuego de la alfombra. De pie frente a mí, lleva sus anteojos empañados y una sonrisa por la que escapan mínimos dientes blancos. Antes de sentarse en mi falda -el fuego trepa por mis medias y hace contacto con el papel del diario que aún intento leer casi a oscuras-, me besa en el cuello. ¿Sabés qué, Laura? Si no fuese por el piso alfombrado, quizá podríamos comprar un perro.-
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obra de Jim Schaeffing, extraída de aquí.-