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De verdad, yo nunca quise traerte ni un problema: lamento haberte sacado de la guardia veterinaria ese día en que tu gato se había comido toda la pelusa del Teatro Colón en refacciones, y eso que detesto los gatos, pero bueno, me encariñé con el tuyo, y con vos, y tu curiosidad, y tus cafés en la mañana, y hasta con el freezer en el que me dejaste más de una vez, en cada oportunidad en que tus jugadores titulares tiraban centros llovidos en el área chica de tu sentimentalismo de estación, mientras para mí, siempre fue invierno. Hablando de invierno, ¿Cómo está tu gato? Espero que bien. Y cómo se mueren los pingüinos en la Antártida. Además, viste que siempre que me dejaste, yo como que volvía ¿lo viste? No digas que no soy el empleado del mes -al menos, por mi laboriosidad-, que con garra y aguante devine en un respetable suplente de plantel veterano de un equipo de futsal en Calamuchita, dame aunque más no sea el crédito de haber llegado a ser un discretísimo plan B entre tus salidas ganadoras, de lujo histriónico, sexo histórico y adulación histérica. Decíme que no fui tan solo un sparring olvidable, pasajero, de transición. Decí que aprendiste algo. Conmigo. Sin mí. En tu casa, con tu gato, pero por haberme conocido. Dale: ponele saco y corbata a esta ilusión de mejillón en celo.-
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