lunes 28 de febrero de 2011

castillo

Me irrita que hables de mí como si promocionaras las bondades de un nuevo jabón en polvo, con la descripción quirúrgica de mis cualidades, los beneficios a corto plazo y las características que hacen único a este producto en decadencia. Me intimida tu optimismo desenfrenado, la confianza extrema en este instinto depredador, que me acerques a tus amigas y que ellas te compartan hasta los más burdos detalles de las intimidades que nunca quisiste vivir conmigo pero que siempre -no sé cómo ni por qué- elogiaste a ciegas. Me molesta la hipocresía con la que le insinuás mis logros a tu mamá, que asiente y dice que me quiere en la familia, y vos decís que eso sería bueno, aunque tus hermanas son un poco chicas para mí. Cómo podés estar así, tan enamorada de tu monólogo sobre lo bueno que resulto a la hora de la cena, lo exacto que soy en las conversaciones telefónicas y lo lindo -recomendable, positivo- que sería encontrar a alguien como yo. ¿Por qué no yo mismo? ¿Para qué seguir con el cuento, cuándo te vas a hacer cargo? Me inquieta tu pacatería de castillo inflable, que improvises estúpidos argumentos sobre la integridad de la moral sexual y te acuestes con cualquiera menos conmigo -¡menos conmigo, que tengo todas y cada una de las vacunas al día!-, que pidas ser valorada y me sonrías con tus miserias en ropa interior. Me ofende -me ofende- que todavía no hayas alquilado el pack de ovarios que necesitás para reconocer y decirme en la cara que lo nuestro -claro, sí, seguro- funcionaría.-
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(imagen extraída de aquí)