Crónica de la marcha a Plaza de Mayo en reclamo de más seguridad (18/03/09).-.
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A las 18.43, el pueblo -así se autodenominaron, ellos son el pueblo: algo parecido al yo, tú, él, nosotros, vosotros, e incluso ellos- reunido en Plaza de Mayo terminó las últimas estrofas del Himno Nacional Argentino. El conductor del acto -con dotes de padre brasilero retransmitido a las 2 A.M. por un canal de cable en Mozambique- anuncia que vecinos de La Matanza, José C. Paz -¿de qué será la C en José C. Paz? Se pregunta un grupo de curiosos que enfilaron para el after office pero se quedaron con los vecinos y sus bombos-, Haedo, y la lista continúa, están presentes a favor de la seguridad (como si hubiera alguien que pudiera plantarse y agitar abiertamente la pancarta de la inseguridad). Por su parte, los colores patrios se venden a 5 pesos la bandera chica y a 15 la grande. Las ofrece un tipo tuerto y de boina color azul. También hay vincha, y hay quien aprovecha para improvisar el negocio de los pirulines, la garrapiñada, la super-giganto-hamburguesa, el algodón de azúcar y las velas. No podían faltar los pibes que reparten el volante para que los martes, de 20 a 22, escuchemos el programa Alerta Nacional, conducido por Alejandro Biondini –líder del Partido Nuevo Triunfo, es decir, los nazis pero con un nombre un poco más políticamente correcto-. Reunidos aquí para reclamar por el respeto a la condición humana y a la propiedad privada, dispara nuestro arengador de saco y corbata, en el escenario junto con el resto de los portavoces -vaya uno a saber de qué-. Con cada frase concluida, las manos se tornan un enérgico coro sin ritmo, mientras los muchachos amigos de Castells y sus pecheras amarillas se desviven con más aplausos.
Un poco de razón tiene Susana, confiesa Nélida, de San Justo. ¿En qué parte tiene razón Susana? arremete mi curiosidad. En que un poco de mano dura tiene que haber...mano dura en la justicia, ¿no? explica ella, que tiene una verruga imposible de no ver. Como Nélida, la mayoría desconfiará a la hora de darle su voto-conciencia a Susana: la imagen de la pena de muerte les da un poquito de impresión, de asquito, tal vez porque no es muy cristiano que digamos, ni es una idea muy democrática, qué pensará la gente del barrio –Doña Rosa, que apenas salió Susy a opinar, la apoyó, dijo yo te banco Susana, pero después, cuando todos salieron a pegarle, se dio cuenta de que no, mejor no, a Susana se le fue la mano-.
Hay que entenderla, estaba caliente la Susy, dice Silvana, que ahora debate con sus amigas del té y marchas por la justicia, cuál es la mejor forma de erradicar el flagelo de la delincuencia: que se cumpla la ley, que haya más educación, que haya más trabajo, que no exista la condena condicional, y Rodolfo –anteojos anchos, traje príncipe de Gales, clon argentino de Mr. Bean, con la diferencia de que Rowan Atkinson tiene varias películas en su haber, y Rodolfo sólo fue protagonista de seis asaltos a lo largo de diez años, estuvo secuestrado y también le rompieron el vidrio del Ford Focus para robarle el stereo- agrega que hay que construir más cárceles. Ésa es la solución: el que las hace, las paga. Yo no digo que Susana tenga razón, pero en su caso hubiera dicho lo mismo. Además, la pena de muerte existe: la tienen los chorros que nos cagan matando. Por los parlantes, el rabino Sergio Bergman se olvidará de su investidura y dará algunas lecciones más políticas que otra cosa. Agradece al Facebook, Red de Redes, y comenta que acá está el pueblo que sabe de qué se trata, aunque María Luján duda cuando alguien le pregunta por qué permanece a las siete de la tarde en Plaza de Mayo, si seguro en la tele están dando algo más divertido, como Atracción x4, o la repetición de Montaña Rusa.
-Estoy acá por la seguridad y para pedir justicia
-¿Justicia por qué?
-¿"Justicia por qué"? ¿te parece que no estamos para pedir justicia? Para que la gente vaya presa, y no anden caminando por ahí.
Luján se ríe mientras habla y su ironía me observa: para ella no soy menos desagradable que un perro muerto en la banquina. Le cuesta creer cómo hay gente que no la entiende ni a ella ni a todo el resto -al pueblo-, como a alguien se le puede ocurrir no pensar igual. Cerca del escenario, un tipo muy petiso estira los brazos para mostrarle a las cámaras un cartón en el que puede leerse No hay excusas para no estar. Yo dejé todo y vine por tus hijos y los míos. Me gustaría darle un abrazo, decirle gracias, pero está demasiado cerca del escenario: es muy difícil llegar allí, en verdad la gente se tomó en serio la marcha y asistió y se juntó y se juntó demasiado, tanto que en algunos sectores no se puede pasar. Mientras el petiso estira los brazos, el rabino propone que hagamos lo mismo que los hermanos del Campo, que trabajan para el bien de la Nación. En mí, la vergüenza: debo ser el único en toda la Plaza que todavía no está haciendo nada por el otro en este mismo instante. Acá la gente se solidariza. Después del acto nos peleamos en una cancha, en el bondi o en el laburo. Pero acá no. Acá somos todos conocidos, unidos, lo que se dice. Además, estamos en Cuaresma, resalta el cura Guillermo Marcó, el último de los oradores. Claro, estamos en Cuaresma. Eso explica todo.
