
Nos besamos al costado del Río de la Plata más sucio que jamás yo haya recordado. A los lados, la triste ilusión de los pescadores que sacaban de las aguas muertas olorosas bolsas plásticas de supermercado. Un señor demasiado alto para ser enano -mediría un metro cuarenta-, sacó una mojarrita que agitaba la cola por mero impulso de muerte. Los pescadores lo aplaudieron, en un acto de inexplicable admiración borderline, y el señorito levantó los brazos con pesada resignación. La felicidad de los idiotas: otra vez esa idea en mi cabeza, y te lo digo. Besos. Dejá en paz a los pescadores. Y en medio de una nueva ronda de aplausos por la captura de un nuevo pez, palpo mis labios para comprobar que ya ostento un flamante anzuelo que perfora mi boca.-